sábado, junio 17, 2017

Jules Laforgue / Dos poemas






















Madrigal

Sí, la vida es para vos un camino triunfal,
Pero qué sabés del destino, las marchas eternas,
Rica, amada de rodillas, bella entre las bellas,
Esta noche tal vez después de la fiebre del vals

Sentirás llegar la muerte en un temblor fatal
Y tu rubio cadáver con las vidriosas pupilas
Se irá a pudrir en su dulce lecho de puntillas,
Luego a perderse anónimo en el turbión vital.

O, quién sabe, tal vez tu corazón florecerá
En el clavel que una obrera en su ventana regará,
Ese clavel será vendido un día en la vereda

Y ese que hoy te arrulla te dice “oh alma mía”
Por centavos se lo dará a una vulgar fulana
Y vos oirás a ambos gemir sobre la cama.



En lugar de los "últimos sacramentos"

“Me hizo llamar una tarde de otoño.
En su mansarda un frío loco.
Temblaba tísico, la piel de cera
Como la luz de una pobre vela.
Su fuelle rugía como un órgano viejo
Y la piel tomaba ahora ese tono
Del verdín que sobre el suelo de la morgue
A lo largo quiere ocuparlo todo.
-Viejo, voy a reventar, dijo con una sonrisa el pobre
Que heló el caracú en mi hueso.
Para acabarla -sabés- quisiera un vampiro
Que me vaciara la espalda con un beso.
Bajé, muy calmo, hasta el callejón y en la esquina
Silbé a la primera pollera blanca que patina
oliendo a un macho en busca de una mina.
Después al mostrarle al moribundo
Y de ponerla al tanto de su sombría tarea
Vi que se le agitaba furiosa la pechera.
En su mirada cálida de mil locas noches sin nombre
Vi despabilar sus gastados sentidos por el hombre.
Se desviste, bosteza, hace una pausa;
Luego como bajo un látigo lanzada,
Su morro en llamas y su lengua rosada,
Salta sobre el agonizante.
Él siente el soplo rugiente
Que hace la lava al correr,
Los riñones fríos hervir otra vez.
Una chispa de loco celo estalla en sus ojos huecos,
Pronuncia algunas palabras apretadas, como ecos.
Los vi extenderse a lo largo. Como en la roca pelada
Un nudo de serpientes se retuerce atosigada.
Salí. Los dejé en medio de su lucha amarga y fiera.
A la mañana siguiente ya estaba muerto.
Pálido, muy chupado y en su lecho yerto”.

Jules Laforgue (Montevideo, 1860-París, 1887), Poésies complètes, Le Livre de Poche, 1970
Versiones de Angel Faretta

Nota del traductor: Estos poemas constituyen el apéndice a La traducción de la melancolía. La poética del tango argentino como forma lírica de la modernidad (inédito)


Madrigal

Oui, la Vie est pour vous un chemin trionphal.
Mais, qui sait des destins les marches Éternels?
Riche, aimée a génoux, belle entre les plus belles.
Ce-soir peut-être après les fièbres du bal,

Vous sentirez la mort dans un frisson fatal;
Et votre blonde cadáver aux vitreses prunelles
Ira pourrir dans son doux linceul de dentelles,
Puis se perdre, anonyme, au tourbillon vital.

Or, qui sait? Votre coeur ira fleurir, peut-être,
Le oillet qu’une ouvrière arrose à sa fênetre.
Et cet oillet, un soir, vendu sur le trottoir,

Celui qui maintenant vous roucoule: “Ô mon âme!”
L offrira dans des louis à vuelque fille infâme...
-Et vous les entendrez gemir, dans le boudoir.


Au lieu des ‘derniers sacrements’

“Il me fit appeler; c’etait un soir d’automme
Dans sa mansarde au froid du loup
Il grelottait au lit, phtisique et le teint jaune
Comme une chandelle d’un sou
Son coffre caverneaux râlait comme un vieil orgue,
Sa peau prenait dejà le ton
Des verdâtres noyés qu’auz dalles de la Morgue
On vois s’étaler totu du long.
-Mon cher je vais crecer, me dit-il dans un rire
Qui figea la moelle en mes os
Pour m’achever, sais-tu, je voudrais un vampir
Qui d’un baiser vidât mon dos!
Je descendis très-calme, aun coin d’une ruelle
Sifflait le premier blanc jupon
Que j’aperçus flairant un mâle en quête de femelle
Et lui montrai le moribond.
Quand je l’eus mise au fait de sa besogne sombre
Je vis se cabrer ses deux seins
Et dans ses regards chauds de nuits folles sans nombre
Se réveiller ses seins éteints.
Elle se devêtit, bâilla, fit une pause
Puis, comme sous un fouet cuisant,
Sur sa babine en feu passant sa langue rose
Bondit près de l’agonisant!
Lui, sentant à ce Soufflé un hurlant flot de lave
Bouillonner dans ses reins gelés,
Un éclair de rut fou flamba dans son oeil cave
Il dit quelques mots étranglés
Et je les vis s’etrindre. Ainsi sur un roc chauve
Un noeud de vipères se tord.
Je sortis, les laissant à leur lutte âpre et fauve.
Le lendemain, il était mort.
I gisait pâle et grêle étendu sur sa couche”.



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